Mi nombre es Lobo

El devenir de las noticias de verano siempre deja espacio para las tribunas de prensa más ilustres de cada país para que la anécdota salte la línea que lleve al debate social.

El tema se suponía superado. La libertad de cada individuo para nombrar a su hijo como considere más oportuno. En frente la tradición y el juicio ajeno.

La tradición de los calendarios, los santorales y la familia se venían enfrentando en las últimas décadas al esnobismo que cada cual pudiera considerar. Hemos visto como los nombres tradicionalmente más frecuentes en los registros civiles como José o María han ido cediendo ante nombres de procedencia diversa. Desde las Jennifer, a los Jonathan, desde el protagonista de la película de culto de consumo personal, a la composición normalmente múltiple de un nombre tradicional. Ponle por ejemplo un Juan y complétalo con el Winston, Franklyn, Walter, Jefferson, Edwin o Jackson. Basta que el creador de la asociación de ambos nombres esgrima el motivo que considere más adecuado.

Otra categoría serían los de raíz política. De los fideles, a los ivanes. Pasando por los que en España se castellanizaron durante décadas. Es decir, de los enrics, sergis, ainaras o por ejemplo yagos.

Hasta aquí, y con el debido respeto a la opinión que cada uno puede tener sobre el asunto todo muy normal. En definitiva, con alguna que otra incidencia en los registros civiles en los últimos años, que tampoco tuvieron gran eco, la base del asunto se movía poco del punto donde cada cual elegía lo que quisiera registrar.

El debate público ha saltado ante la polémica de que un tribunal negara y luego reconociera la libertad de registrar el nombre de Lobo. Por otra parte, aceptado como apellido. Alguien se puso a pensar por sus padres sobre el peso añadido sobre las espaldas del nuevo ciudadano de llevar ese nombre.

Después de unos días con el asunto en primera línea de las redes sociales parece condenado a su condición de debate efímero. El planteamiento de la libertad enfrentada a la tradición no encontraría ninguna lucha salvo por la perversidad pública de controlar hasta el último extremo lo que sólo debe pertenecer a lo privado.

La libertad de que un padre ponga a su hijo o hija un nombre que aluda a un animal es tan viejo como el mundo. Desde Toro Sentado a Bailando con Lobos. Desde Débora –que viene del hebreo abeja- hasta los Delfines y Delfinas. Leones, Leoncios y sus femeninos. Raquel –oveja- , Palomas y Úrsula –inspirado en los osos-. El origen celta de Arturo nos vuelve a mostrar el oso, y si regresamos a nombres inspirados en lobos podemos pensar por ejemplo en Adolfo.

¿Debate nuevo? Solución vieja. Libertad. ¡Auuuu!

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