La flor de Casillas

Iker Casillas pertenece a esa especie tan ibérica de los héroes caídos. Vivimos en un país que nos fascina encumbrar a un chaval de 18 años sin más bagaje que una brillante carrera nacional e internacional como juvenil para sentar en el banquillo a un portero consolidado por muy alemán, caro y campeón del mundo que sea. Y al mismo tiempo atropellar su madurez después de levantar todas las copas que un futbolista pudo soñar hacer. Lo único que queda para completar la trilogía hispánica es reconocer su categoría a título póstumo para echarle de menos. Todo llegará.

La flor de Casillas lanzó su primer brote cuando participó de modo testimonial de la deseada séptima Copa de Europa del Real Madrid. Una carambola de lesiones obligó al técnico Jupp Heynckes a citarle para un partido vital contra el entonces pujante Rosenborg para ocupar puesto en el banquillo. Entonces militaba en el juvenil A, y las lesiones de Illgner y Contreras dejaron a Cañizares como titular y a un joven de 16 años como suplente.

Dos años después otra sucesión de circunstancias obligó al técnico galés John Toshack a situarle bajo los palos para debutar en 1ª división nada menos que en San Mamés. Empate a 2 fue el resultado final, y en el campo quedó la sensación de que había portero. Ese mismo año fue alternándose con Illgner y Bizarri para convertirse a final de temporada en el portero más joven en ganar la Champions League. También ganó el premio Bravo sucediendo al entonces portero del pujante Parma, un tal Gian Luiggi Buffon.

A partir de ahí su carrera está jalonada de trofeos. Prácticamente todos los que se pueden ganar. Quizá le falte la Europa League para tener su vitrina completa. En todos ellos tuvo actuaciones memorables en momentos donde un portero puede marcar la diferencia. Desde las escapadas de Robben en la final del Campeonato del Mundo hasta su aparición prodigiosa cuando entró para sustituir a César Sánchez en la final de la novena Copa de Europa en Glasgow y parar al Leverkusen de Michael Ballack. Las ligas de Capello, la Copa de Mourinho contra el Barcelona de Guardiola, Intercontinentales, Mundialitos, Meridian Cup, Mundial Sub-20… Todo esto simplemente pintando la escena con brocha gorda.

Con un pincel más fino siempre se envidió su famosa flor. La suerte, el don de estar donde debe cuando hace falta. Una cualidad que no se entrena, que va más allá de la habilidad y la competencia. Quizá tenga que ver más con la estrella de cada cual.

Estrella para aparecer en un momento de crisis en la portería del Real Madrid, y que se crucen unas pocas de constelaciones para que un equipo como el Real Madrid tenga que apoyarse en la cantera nada menos que para ocupar puesto en la portería. Además, que a la prensa le haga gracia el asunto. Que empiece a coger fama en campeonatos juveniles (Meridian Cup y Mundial Sub-20) con títulos y tandas de penaltis que le saquen del habitual anonimato de estas competiciones. Que el vociferío mediático patrio le lanzara a la selección española.

Que después de una crisis de confianza perdiera la portería del Real Madrid en favor de César Sánchez durante el transcurso de la temporada de la Novena. Pero en la final de Glasgow una lesión inoportuna del titular le diera los focos con dos o tres manos -y pies- prodigiosos cuando más apretaba en Bayern Leverkusen.

Que avalado por ese final se colara en la lista para su primer mundial, el de Corea y Japón. Que durante la concentración Cañizares que se perfilaba como el titular tuviera un accidente doméstico que en la fecha se explicó como un corte en la ducha con el cristal de un envase de perfume. Que debutara en un Mundial, y de paso ganara su primera tanda de penaltis con la selección absoluta, contra Irlanda. Aunque luego perdiera otra contra Corea en el famoso partido donde el arbitraje de Al-Ghandour nos dejara sin sueño.

Luego llegaron títulos, temporadas antológicas, la capitanía en la selección con Luis Aragonés y la Eurocopa de Austria-Hungria. Allí sólo su estrella pudo con la maldición de los cuartos, de Italia y una tanda de penaltis donde voló a la derecha para parar un misil de  Di Rossi, y luego disparara la euforia cuando atajó el lanzamiento de Di Natale abajo a la izquierda.

Ese fue el partido clave de una Eurocopa que asistió a exhibiciones tan completas como la semifinal contra una Rusia al alza que se había plantado en semifinales después de haber bailado a Holanda en cuartos.

El Mundial de Sudáfrica pasó de ser discutido por su romance con una periodista que acabó siendo su esposa a directamente endiosado. La escena oírica del capitán con la copa al aire merecía la escenita del beso. Inolvidable.

Entonces, el punto de inflexión llegó en los cuartos de final cuando con casi la hora de juego paró un penalti al paraguayo Cardoso, para lanzar al equipo a semifinales. Y por supuesto la final ante Holanda para sacar dos manos a manos a Robben, y devolver el aire a un país que no pudo ponerse las manos delante de los ojos en el lapso de aquellos lances.

En la Eurocopa de Polonia y Ucrania su momento estelar fue la tanda de penaltis contra Portugal. Y la final de Copa contra el Barca de Guardiola  donde aguantó al equipo hasta que en la prorroga Di Maria pusiera aquel balón que Ronaldo cabeceara para batir a Pinto.

Y… tantos otros momentos, con menos foco, o simplemente atrapado en el mundo actual donde la épica del fútbol cae devorada por el siguiente partido. Como por ejemplo en la final de la última Champions que ganó en Lisboa ante el Atlético de Madrid. Muchos recuerdan el error en la salida del gol del Atleti previo al gol de Godin. Sólo algunos se acuerdan de su actuación en los cuartos en Dortmund, o que aquel año Ancelotti apostó por Casillas sólo para la Copa y la Champions, justo los dos torneos que el Madrid levantó.

Entonces su idilio con el Bernabéu ya admitía opiniones. La leyenda del Santo se tambaleaba desde el último año de Mourinho. La prensa enconó un debate donde más allá de cuestiones puramente deportivas se enfrentaba a un madridista de corazón de toda una vida a un madridista a sueldo, apenas tres años. Las redes sociales, la opinión publicada, los borregos del rebaño y algunos charlatanes con carnet de periodista crearon una situación que cada uno puede calificar como quiera pero donde el fútbol y el deporte era sólo el atrezzo del asunto.

Para los que seguimos creyendo en el sentido épico del deporte nos admira ver como en Italia, Inglaterra o por ejemplo Alemania no abandonan a sus héroes en la derrota. El contraste de Buffon y Casillas en la última Eurocopa es bastante ilustrativo. Mi generación vio como un portero de 40 años, Dino Zoff levantaba la Copa del Mundo. Años después se rendía ante un delantero camerunés casi en los 40, Roger Milla. El respeto a Del Piero, Pirlo, Totti, Klose, Matteüs, Kahn, Shilton, Ibrahimovich, el propio Zidane y toda su generación. Ryan Giggs, Steven Gerrard,…

La lista es interminable. Lo mismo me pongo a sumar títulos entre todos, y la suma no se iría mucho más allá de lo conseguido sólo por Iker. Ahora toca salir de aquella manera. Hablan de revolución con Lopetegui, pero la cosa no creo que llegue a evolución. No toca hablar de esto ahora, hoy toca hablar de una salida por la puerta de atrás, de un “de momento, no”, ni siquiera con la energía de coger el libro y cerrarlo por aquello de cerrar etapas. Está claro que todo, y más en el deporte tiene un final, y aunque el ideario común tiende al happy end tan cinematográfico yo me conformo con el más auténtico final digno.

El problema no lo tiene quién mantiene la mejor trayectoria que ningún portero tuvo jamás, por lo menos en España. Estos juicios a nivel mundial tienen unas variables muy complicadas de calibrar. Por ejemplo, imaginen un portero costarricense, chileno, esloveno, polaco,…O incluso porteros en equipos donde la victoria no es costumbre.

Volviendo al problema. La dificultad está quien viene detrás, a la sombra. Hay que mantener nivel, hay que ganar, hay que dar ejemplo, hay que aparecer en los momentos donde sólo los mejores saben hacerlo, hay que apoyarse en el instinto para jugar con la suerte y hay que soportar los vientos malos que vendrán incluso para alguien que hace apenas cinco años nadie pudiera pensar en tanta ingratitud.

La flor de Casillas conoció todos los colores y formas hasta tornar en rosa de Jericó. Es decir, cuando se cierne el colapso con apenas una gota de agua recupera el esplendor de su leyenda.

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