El periódico más leído de Noruega, Afterposten para más señas, lanzaba el pasado 9 de septiembre una carta abierta dirigida al creador de Facebook – Mark Zuckerberg – denunciando la censura de la red social sobre la icónica fotografía de La niña del Napalm. La fotografía de Nick Ut, dio la vuelta al mundo, ganó el premio Pullitzer de 1972 y para muchos analistas el poder de la imagen movió las conciencias de medio mundo y agitaron los movimientos pacifistas. Quizá el primer escalón hacia la paz en Vietnam.

La imagen muestra a unos niños corriendo tras el bombardeo con napalm realizado en su aldea por el ejército de EEUU.

Pues bien, la polémica se inició cuando días pasados esta imagen fue compartida por el escritor Tom Egeland. Facebook la censuró y bloqueó el perfil del Egeland. ¿Por qué?
Pues parece ser que la desnudez de una de las niñas incumplía una de las normas cifradas por Facebook. Afortunadamente, la red social a raíz de la denuncia y el revuelo ha rectificado aduciendo valores históricos e icónicos.
No obstante el desarrollo de los hechos obliga a elevar alguna que otra reflexión al respecto.
Lo primero que me dan miedo los algoritmos informáticos de las redes sociales y los que los manejan. La dictadura de las máquinas.
Entiendo desde el sentido común que determinados contenidos que atenten contra la ley, que fomenten la violencia, técnicas de venta fraudulentas y no consentidas, o que atenten contra la salud en un amplio sentido tenga que ser reguladas, vigiladas, oscurecidas, denunciadas y sancionadas.

El silogismo facebookiano es caprichoso. Mientras hemos visto imaágenes de asesinatos en directo, y documentos de dudoso gusto para la exposición me paro a pensar en esa obsesión por tapar el pecho femenino y me preocupa.

Me huele a pacato, a moralista antiguo, a puritano, a torquemada. Se me pasa por la cabeza ese pintor tapando los desnudos de la Capilla Sixtina. Leo por ahí que campañas audiovisuales sobre prevención del cáncer de mama mostrado pechos masculinos para no soliviantar al Altísimo algoritmo y saltar la valla de la “ley”. Escucho por alguna radio que hay un grupo #savethenipples –salvemos los pezones traducido- que denuncia este tipo de censuras de las redes sociales.
Y a poco que se investigue me aparecen pinturas clásicas censuradas, portadas de libros, madres dando el pecho,…

O estoy muy mayor, o quizá ando todavía en fases de nonato, que todo puede ser. Pero a estas alturas confundir el porno con la desnudez, es como equivocar un banquete con un acto de canibalismo. Es pensar que el que bebe no calma su sed, sino que está gastando agua. O simplemente, alguien debe valorar que quizá el problema no está en el que quiera mostrar su pezón, sino en la mente del que imagina la depravación que se le pase por su cabeza.

El intento de prohibir el pensamiento desde el embudo de mostrar lo que a los gurús de la moral le salga de sus santas gónadas no es nueva. Las redes sociales son un arma de primer orden en ese aspecto. Las ventanas del mundo pueden hacernos confundir la vida con lo que aparezca por sus diversos canales y anular el espíritu de crítica a golpe de “compartir” o “me gusta” tres millones de veces una mentira. Ya conocen el aforismo que una mentira repetida 1000 veces se acaba convirtiendo en verdad.
Quizá el papel histórico de la prensa de nuestros días sea ese. Dar luz, salvaguardar abusos, canalizar la información para servir a la sociedad. Ese concepto de servicio público con el que nació y debe agarrarse para su supervivencia. Si se abandona ese espíritu y se sigue manejando hacia ser el eco del poderoso, a cambio de un puñado de dólares, servirá como medida paliativa para una muerte segura.
Dicen que el humor define a quien lo cuenta pero también al que lo ríe. Me aplico el algoritmo al que escribe y su lector. Yo leo Aftenposten.

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