Casi Héroes (V). La otra historia de los Mundiales de fútbol. España 1982

El Mundial celebrado en España en 1982 se movió con coordenadas bipolares. Del orgullo de organizar un evento de carácter Mundial y demostrarse más a sí mismo que a los demás de lo que los españoles eran capaces, a la depresión por el pobre desempeño futbolístico de los anfitriones. La presión sobre el equipo agudizó las limitaciones del que posiblemente no estaba a la altura. Aquel Mundial, el único español que triunfó fue Naranjito, la mascota del evento, que se metió en la vida de todos en una campaña de marketing desconocida para la época.

En lo puramente futbolístico, el campeonato español fue el Mundial de Paolo Rossi. El delantero comenzó la competición después de un año sancionado por un feo asunto de apuestas. El escándalo Totonero descendió al Milán y a la Lazio y Paolo fue sancionado por una implicación que él siempre negó. Enzo Bearzot, el histórico seleccionador lo repescó para la cita mundial, y tras navegar una primera fase en la que Italia progresó después de tres empates y dos únicos goles. Los que marcó Bruno Conti a Perú, y Graziani a Camerún.

Ya en la segunda fase Italia cogió aire venciendo a la Argentina del último Menotti y el primer Maradona, 2 a 1. Ese día pasó a la historia el marcaje del juventino Gentile al joven astro. Las opiniones de aquello fluctúan entre la demostración defensiva a la violencia consentida. Sin nocturnidad pero con el resto de adjetivos que a uno le podrían llevar delante de un juez de guardia. Como todo en la vida pues posiblemente la cosa quedó en el punto medio.

En el partido definitivo que daba acceso a las semifinales del torneo en el viejo Sarriá Italia derrotó al último Brasil de ensueño en el partido del campeonato. Rossi se anotó un hat trick histórico y lanzó su leyenda al infinito. Dos goles más a Polonia en semis y el que marcó en la final contra la R.F. Alemana en el Bernabéu.

La imagen del casi héroe más poderosa de este Campeonato por primera vez se me aparece de modo colectivo. El equipo que pudo alcanzar el Olimpo, y de hecho junto con la Holanda del 74 y posiblemente la Hungría de 1954, ocupa esa habitación contigua a la “suite” exclusiva que sólo admite a los héroes.

La Brasil de 1982 dominaba todos los aspectos del juego y además eran brillantes. Únicamente se les escapaba el control de las zonas más importantes, las áreas. Sólo, el guardameta Waldir Peres y el 9 Serginho desentonaban en una selección de superdotados. El centro del campo era monstruoso con Cerezo, Sócrates y Falcao. Dos laterales que eran algo más que eso, Leandro y el gran Junior. Dos centrales solventes como Oscar y Luisinho. Y arriba el Pelé blanco, Zico, y el diabólico Eder. Los disparos de este último en el mundial aún silban en las noches sevillanas y las tardes de Barcelona. Las dos sedes en las que jugó Brasil.

La decepción ante Italia fue enorme. El mundo celebraba su juego superlativo, y en Brasil comenzaron a creer en otro tipo de fútbol. Para algunos esta derrota fue el argumento que preludió la implantación del doble pivote en la “canarinha” años después.

Otra visión de Casi héroe la trasladaría al subcampeón. Alemania aquella competición fue de menos a más. Arrancó con una derrota ante la sorprendente Argelia de Madjer, el delantero que hizo campeón de Europa años después al Oporto frente al Bayern de Munich.  Los germanos remataron esa primera fase con uno de los más controvertidos  partidos de la historia ante sus vecinos austriacos. La victoria por la mínima ante Austria clasificaba a ambas escuadras. Aquel día, la segunda parte transcurrió con pasajes intermitentes de gritos  de “que se besen”, desde el graderío de El Molinón gijonés. En segunda ronda entraron en la competición en el grupo del Bernabéu y dejaron en el camino a Inglaterra y España.

Los alemanes tenían un equipo completísimo. Desde Rummenigge a Littbarski, Breitner, Stielike, Fischer el gigantón Hrubetsch, Hansi Muller, Magath, pero sobre todos ellos se alzó el orgulloso cancerbero del Colonia Harald Schumacher. El portero estuvo a gran nivel, pero su protagonismo alcanzó su pico en la temeraria salida que realizó en la semifinal del Pizjuán ante Francia. Allí segó una escapada del central galo Battiston con un encontronazo que apartó al defensor francés varios meses de los campos de juego. Luego los penaltis, y a la final contra Italia. Por allí se encontró con el último gol de Rossi, otro de Altobelli y el gol más celebrado de la historia del futbol de Marco Tardelli. Éxtasis en estado puro, no se puede celebrar mejor.

El primer asalto serio de los franceses a la gloria fue capitaneado por Michel Platini. Elegancia, resolución, liderazgo y mucho fútbol. Superlativamente rodeado por Giresse, Tigana, Six, Lancombe, Roucheteu, Tressor, Bossis y Genghini. Este último tocaba los golpes francos con una maestría mayúscula.

Francia comenzó perdiendo ante Inglaterra con uno de los goles más tempraneros de la historia de los mundiales marcado por Bryan Robson , 27 segundos.  Desde ahí mezcló actuaciones solventes con alguna exhibición. La semifinal fue épica. Empate a 1 al final de los 90 minutos. 3 a 1 para los franceses hasta que en el minuto 102, acortó Rummenigge, y en el 108 una media chilena de Klaus Fischer puso las tablas que obligaba a los penaltis. Y ahí acabo la historia. El contraste de Schumacher con un asustado Ettori fue demasiado evidente. Definitivo si hablamos de porteros. Platini quedó al borde del asalto, por primera vez…

El otro semifinalista fue Polonia. Los europeos arrastraban un buen número de jugadores desde su impactante aparición en los mundiales 8 años antes. Lato, Szarmach y Zmuda posiblemente como elementos más destacados. Pero la estrella fue Boniek. Desconocido para el gran público aquel mundial le permitió dar el salto del Widzew Lodz a la Juventus de Turín. Allí junto a Platiní, en los tiempos donde lo equipos europeos únicamente podían alinear dos jugadores no nacionales, conquistó la Recopa y la amarga primera Copa de Europa en una triste noche en Bruselas. El día de la tragedia de Heysel contra el Liverpool.

Boniek estuvo fantástico hasta que el equipo asomó las semifinales. Ahí desapareció. Su noche de gloria fue en el Camp Nou, frente a Bélgica. Tres goles y su gran presentación al mundo. Dicen que esa noche dio el salto al Calcio italiano. Lo cierto es que era un 9 con movilidad, con desborde y participación en el juego. Estábamos en pleno periodo de transición entre lo que siempre se había esperado de un delantero centro, y la revolución que inició Johan Cruyff una década antes.

Otros nombres ilustres que vieron frustrados su asalto a la gloria fue sin duda el joven Maradona con la Argentina defensora del título. Diego ya estaba fichado por José Luis Núñez para aterrizar en Barcelona, pero su primera experiencia potente fuera de Argentina le advertía de la dureza que le esperaba en años venideros. Su agresión al brasileño Batista con una Argentina ya derrotada puso un triste punto y final a su participación. Entre lágrimas, por allí asomaba cierto aire de la revancha que estaba por venir. Eso sí, la historia señala sus dos primeros goles en la máxima competición futbolera. La efeméride ocurriño en el Rico Pérez de Alicante, su víctima fue Hungría.

También me viene a la cabeza el guardameta Rinat Dasaev, la gran estrella de la Unión Soviética, el sucesor de Yashine bajo los palos. Un portero ágil, con reflejos, siempre bien colocado, y sobre todo, portero de área. Quizá estaba marcando el camino.

Y por supuesto la enmienda a la totalidad a la anfitriona, España. Un país entero empujando y nadie estuvo a la altura. La imagen de lo que allí pasó la pudo encarnar el portero Luis Arconada. Sensacional durante casi una década, aquel verano se dudó hasta del porqué vestía las medias blancas y no las negras con la bandera del momento. El gol que encajó ante el norirlandés Gerry Armstrong describe de un modo exacto el estado de ansiedad con que se vivió todo aquello. Nadie estuvo a la altura.

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