Casi Héroes (VI). La otra historia de los Mundiales de fútbol. Argentina 1978

Una de las patrias del fútbol a escena. Argentina fue el Mundial de los cielos llenos de confeti, de los militares en palco, de Menotti en los banquillos, de Gauchito Mundial y de la revolución del balón con el primer Adidas Tango. En definitiva con todos los matices que se le puedan poner,  fue el primer Mundial que ganó Argentina. Justicia futbolera, más allá de otro tipo de consideraciones. Que por otro lado no conviene olvidar, el único triunfo de una generación de argentinos que se dividió entre los que perdieron la libertad o la vida.

En lo exclusivamente futbolístico, Kempes subió al cielo albiceleste por ser el máximo goleador del campeonato y por marcar dos de los goles en la final ante Holanda. Esos dos goles inolvidables son un ejercicio de síntesis singular de sus virtudes. Kempes era una oda a la línea recta, a la verticalidad. Mario siempre entendió que el camino más corto de llegar al arco era encararlo sin más, además tenía una pierna izquierda para armar un gran disparo en cualquier momento del trayecto.

Argentina no era solo Kempes. Arriba estaba acompañado por Bertoni, el otro goleador de la final en el Monumental y Luque que fue determinante en el controvertido partido ante Perú que dio el pase para la final. Ocasionalmente entraba el escurridizo Housemann, un extremo a la antigua. Pero la columna vertebral del equipo se proyectaba hacia el centrocampista con el 2 a la espalda que mandaba a unos y a otros, Oswaldo Ardiles que años después vivió la Guerra de las Malvinas desde el Tottenham londinense. El mando del central Passarella y el inmenso Pato Fillol bajo palos, por cierto con el 7 a la espalda. En esta competición los albiceleste tomaron el dorsal por riguroso orden alfabético. Eso sí, a Mario Kempes le tocó el 10. La costumbre del dorsal alfabético arrancó 4 años antes en Alemania.

El camino fue duro. Un primer grupo con Italia, la joven pero talentosa Francia y la eterna Hungría no era el modo más cómodo de empezar. Pasaron segundos  de grupo y con un millón de dudas. La segunda fase fue un grupo de 4 que daba acceso a la final y el tercer y cuarto puesto. El partido recordado fue el último contra Perú. Tenía que ganar por 4 goles de diferencia, y el complicado combinado peruano encajó media docena goles y un millón de teorías de la conspiración.

El caso es que aquel partido se celebró después de que Brasil venciera a Polonia por 3 a 1, y los que luego festejaron con más convencimiento posiblemente fueron los más incrédulos ante la posibilidad de alcanzar la final. Suele pasar.

Los albicelestes arrasaron en uno de esos partidos de ansiedad y empuje tan característicos de los 80. Primer gol y a por el balón, y así hasta el quinto. Luego llegó el sexto, el final y las dudas de si Perú no pudo o no quiso. Difícil de calibrar cuando un equipo se ve desarbolado cuando uno se juega el sueño de todo un país y otro que ya no tenía nada en juego.

No obstante estos relatos va de señalar a los casi héroes, a los que se quedaron en el camino en su escalada a la gloria. Y sin duda la primera imagen que suele venir a la cabeza es la del sub-campeón. Holanda jugó su segunda final consecutiva, y la segunda que perdía. En frente, de nuevo el anifitrión. Aún le quedaba la tercera amargura, la de Sudáfrica frente a España 32 años después.

Holanda acudió con el trauma de la ausencia de su faro. Johan Cruyff anunció en 1977 que abandonaba la selección. En la época se habló de conflictos monetarios con la federación holandesa, de la protesta de un hombre significado políticamente de jugar en un país bajo la dictadura de Jorge Videla. En una entrevista en 2008 Johan aclaró que se cansó de la selección y su familia recibió un episodio traumático de secuestro que le empujó a cambiar hábitos y costumbres y quedarse cerca de su familia. Un Mundial era un mes fuera de casa. Así de simple y de humano.

Holanda, sin faro pero con todo lo demás avanzó escalones con alguna que otra dificultad. Ganó a Irán, empató con Perú y perdió con Escocia, posiblemente en la mejor actuación de los británicos en su historia en un Mundial.  En la segunda fase la naranja mecánica comenzó a carburar, Italia, Alemania y Austria quedaron en el camino de los Ari Haan, Johny Rep, los hermanos Van der Kerkhof, Rudy Krol , Rensenbrink y compañía.

El hombre que pudo reinar en el fútbol holandés por los siglos de los siglos fue Robbie Rensenbrink. La final se vivió dentro de un ambiente espectacular. La pasión, la necesidad de ganar y el miedo a perder fueron fluctuando con los minutos. Kempes adelantó a los argentinos y a diez minutos del final Nanninga empató de un cabezazo donde encontró a Fillol retrocediendo desde el primer palo. Cuando corría el minuto 90, un pelotazo cruzado del elegantísimo Krol encontró a Rensenbrink en un lateral del área y Fillol a meda salida. El cabezazo tropezó con el poste mientras que el Monumental de Buenos Aires enmudeció para escuchar el impacto. Después del alivio llegó la prórroga y Kempes y Bertoni escribieron el resto de la historia.

Brasil tuvo la final a un paso y tuvo que conformarse con ser terceros. Su primera fase se manejó entro lo solvente y lo vulgar. En la segunda fase solo cedió el empate ante Argentina pero la diferencia de goles le dejó las migajas. Brasil estaba en fase de transición. Este Mundial despidió a Rivelinho y se encomendó a los goles de Nelinho, Dirceu que años después llegara al Atlético de Madrid y Roberto Dinamita que tuvo un paso testimonial por Barcelona. Leao fue un buen portero, y Zico y Reinaldo no estuvieron a la altura de su fama. Por ahí ya apareció Tonino Cerezo que años después tuvo mayor vuelo. De haber jugado la final no tengo claro quién hubiera tomado el protagonismo del éxito pues su estrella más afamada, Zico, se lesionó y aunque jugó 6 de los 7 encuentros alternó titularidades con suplencias. Aquel verano no fue el timón del equipo que se le suponía. De hecho aquella competición jugó con el 8 a la espalda y no con su número 10. Rivelino estaba mayor, pero el que heredó el número del gran Pelé no lo cedía así porque sí.

Los italianos acudieron con una selección que fue el germen del título conseguido 4 años después. La historia nos habla de la pereza en la renovación de caras nuevas en la “scuadra azzurra”. Por allí ya andaban los Rossi, Scirea, Cabrini, Tardelli, Zoff, Gentile, Antonioni,  Grazianni o Causio. El estrellato de la competición se lo disputaron el joven Rossi y el extremo de la Juve Roberto Bettega. Este último aportó goles, pases y velocidad al servicio del equipo. Una lesión de ligamentos le apartó de la gloria 4 años después. Por eso, y por todo lo demás este fue su mundial. El verano que pudo alcanzar el grado de leyenda mundial, aunque nadie le discute categoría en su país, especialmente en Turín.

Más nombres de este Mundial. El polaco Lato, el escocés Gemmil, el peruano Teófilo Cubillas, el austriaco Hansi Krankl, y el alemán Rummenigge.

El polaco Lato ejerció como puente de la gran estrella Deyna, y la novedad que llegaba, Boniek. El primero estaba al final de su exitosa carrera, y el segundo posiblemente aún andaba un tanto tierno. Con quien fuera el rápido extremo polaco siempre estaba al nivel. Polonia acabó oficialmente quinta de la competición, y dejó en lo alto su cartel de candidato a ganar a cualquiera. En la primera fase lideró el grupo que le cuadró con Alemania, y en la segunda fase tuvo que ceder ante los argentinos y brasileños. Palabras mayores.

Cubillas llegó en el mejor momento de su carrera. El artista peruano desarrolló su carrera en el Alianza de Lima aunque asomó en Europa por Basilea, apenas unos meses, y tres temporadas en el Oporto. El reconocimiento era notorio, y aquel Mundial estuvo a gran altura. Uno de los jugadores del campeonato, además de anotar 5 goles. Pero el epílogo peruano de la noche en Rosario contra Argentina y el 6 a 0 paró en seco su ascenso a los cielos.

Uno de los goles más elegantes del campeonato, y posiblemente de la historia de los mundiales lo anotó el escocés Archie Gemmill. Escocia nunca estuvo tan cerca de pasar la primera fase. Su muro histórico. Entonces, los escoceses fueron los únicos británicos que acudieron a la gran cita y buena parte de sus jugadores eran importantes en los grandes de Inglaterra. Entonces, los dominadores del fútbol del viejo continente. Dalglish, Sounnes en el Liverpool, Robertson y Gemmill en el Nottingham Forest y Joe Jordan y Macari en el Manchester United, entre otros. Escocia, venció por 3 a 2 a Holanda en su mejor actuación de siempre, y empataron con Irán y cayeron por 3 a 1 ante el embrujo del peruano Cubillas. Nunca estuvieron tan cerca de hacer camino. Jugadores no le faltaban, y la demostración ante las mismísima Holanda dejó bien a las claras de lo que eran capaces. En un Mundial a veces cinco minutos de desconexión te ponen en la escalerilla del avión de vuelta a casa. Aquel verano, el día que enfrentaron a los iraníes en Córdoba Escocia desperdició su gran ocasión histórica.

Hansi Krankl venía precedido de su fama de gran goleador, y además estaba acompañado de algunos jugadores de la calidad de Bruno Pezzey, Schachner o Herber Prohaska. Krankl que meses después comenzó a dejar sus goles y su clase en el Camp Nou aquel año saltó a la fama. El escaparate del mundial puso en evidencia sus grandes virtudes. Y aquel depredador, zurdo cerrado, que hacia goles como churros en el Rapid de Viena se puso en el mercado para dar el salto a los grandes clubes. Austria hizo camino y consiguió meterse en la recta final por el campeonato.  Entonces, Holanda, Italia y Alemania se encargaron de segar de raíz la propuesta de revolución.

Y cierro con Alemania. La gran decepción del campeonato. El primer Mundial sin Beckenbauer encontró  a un equipo alemán repleto de grandes jugadores, defensores del título Mundial, pero sin el carácter, la chispa y posiblemente la calidad para llegar más lejos. La nueva estrella Rummenigge hizo goles, trató de tirar del carro, pero los germanos dieron esa versión de equipo aburrido, que ni siquiera teniendo a un paso la final o el consuelo del partido final por el tercer y cuarto puesto no fueron capaces de ganar a Austria. Perdieron 3 a 2 y cerraron el ciclo que les hiciera campeones 4 años antes.

Y cierro con el cataclismo español. Los que allí estuvieron hablan de un concentración previa desconcertante. El equipo arrancó con una derrota ante Austria. El día que el guardameta Miguel Angel realizara una de las paradas del campeonato. El segundo partido contra Brasil acabaron empatados y el partido final derrotaron a Suecia. Y para casa. El acontecimiento que todo el mundo recuerda fue el día que se pudo ganar a Brasil en un Mundial. Cuestión que aún queda pendiente dicha sea de paso.

El lance que queda en la historia fue cuando un centro desde el lateral sobre el área brasileña encontró el salto del madridista Santillana sobre la salida del portero Leao. El toque dejó al bético Cardeñosa solo ante la portería con el zaguero Amaral retrocediendo como último obstáculo. Después de dos controles, el disparo fue repelido por el defensa sobre la línea de gol, y luego el posterior tiro de Leal tampoco encontró puerta. Lamentablemente un jugador de la clase del bético Cardeñosa pasó a la historia por este lance y no por ser el autor de un gol histórico, y por supuesto una carrera futbolística notable.

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