Casi Héroes (XIII). La otra historia de los Mundiales de fútbol. Suiza 1954

El Mundial regresaba a Europa después de la cita anterior en Brasil. Dos Mundiales con finalistas completamente distintos pero en ambos casos dominados por el mismo denominador común. El equipo que se plantaba en la final como incuestionable favorito la perdía en una de esas historias en las que épica y fútbol comparten lugar. Del “Maracanazo” de Río pasamos al “Milagro de Berna”. De la derrota brasileña en casa ante la Uruguay de Schiaffino y GIghia a la decepción de la mejor Hungría de la historia que no pudo descorchar el vino que tenían preparado en los vestuarios ante una remontada de las que marcan el carácter de un equipo. Alemania alentada por el empuje del capitán Frizt Walter y los goles de Helmut Rahn alcanzó su primer título y marcó su historia para siempre.

Pero vamos a contar la historia como merece. Los alemanes occidentales regresaban a la competición después de que la Fifa le levantara el veto después de la II Guerra Mundial. No es el lugar para hablar de geo-política y de la relaciones internacionales, pero la derrota del nazismo en Alemania tuvo su post-escenografía. Las imágenes que llegan de aquel Mundial identifican las ropas, los sombreros y las caras que asoman las dos mil historias acumuladas en 5 años de brutal genocidio. Nada que ver con deporte claro está, pero el deporte es una extensión de la vida, y hablar de este mundial y no ubicarlo en esas coordenadas es contarlo a medias.

En el mundo del deporte el recelo ante los alemanes se mantuvo durante años, aun cuando los grandes eventos de la época fueron acogiéndolos de una manera paulatina.

El Mundial de 1954 fue el evento escogido para el regreso, aunque sólo los Occidentales acudieron a la cita. Los alemanes fueron de menos a más. En su primera fase golearon a Turquía, en dos ocasiones y fueron arrasados por la gran Hungría en un encuentro donde se vieron superados en todas las líneas. Ocho a tres como resultado final. Un resultado de otro tiempo.

Entonces los germanos entraron en competición. Los Schaeffer. Morlock, Ottmar Walter, Fritz Walter y Helmut Rahn comenzaron en creer en la victoria, y sobre todo en la clave del asunto, en el Equipo sobre todas las cosas. No podían competir en habilidad con buena parte de los equipos en competición, el contraste con los húngaros en la primera fase les empujó hasta el fondo, y desde ahí es donde el efecto rebote cobra mayor impulso para alcanzar la cima.

En cuartos cayó Yugoslavia por 2 a 0, Y en semifinales le endosaron un enérgico 6 a 1 a Austria para llegar a la final de Berna.

Y allí ocurrió el “Gran Milagro”. Un equipo húngaro de ensueño arrancó la final a toda máquina y en apenas 8 minutos Puskas de un soberbio zurdazo y Kocsis en un error del guardameta aleman se situaron con dos goles de ventaja y una nueva goleada comenzaba a fraguarse en la mente del analista más neutral.

Morlock acortó distancias en apenas dos minutos y Helmut Rahn puso el empate antes del descanso. Entonces Hungría se lanzó furiosa al ataque pero los alemanes ya creían que la hazaña podía ser posible. Pasaron los minutos entre intervenciones del guardameta alemán, algún poste y un carrusel de ocasiones en ambas áreas.

Al filo del final, Rahn alcanzaba el Olimpo con un tercer gol para la historia cuando enganchó un balón en la frontal del áea, y tras un regate cogió posición para soltar un disparo seco ya pisando el área que se fue junto al palo del afamado meta húngaro Grosics.

Con ese gol se fue el sueño húngaro, un equipo diseñado para la victoria sólo le quedaba levantar el trofeo que acreditara la supremacía que el mundo les otorgaba. Con ese gol se fue su gran oportunidad como nación, se les escapó entre los dedos la única ocasión que tuvo la generación de los Puskas, Kocsis, Czibor, Hidegkuti entre otros, de jugar y ganar una Copa del Mundo. La invasión de los tanques soviéticos de Budapest en 1956 fue el detonante para el gran éxodo de talento que se diluyó por diversos países europeos que despertaron al fútbol del feliz amateurismo al profesionalismo. La punta de iceberg del negocio del balompié asomaba sobretodo en España y en Italia. Aunque alemanes, franceses, portugueses e ingleses asomaban con fuerza también. La invención de la Copa de Europa fue sin duda el gran detonante de todo aquello.

Aquella selección húngara era potente en todas los factores que importaban en aquella época. Eran tan fuertes como los que más, tenían jugadores importantes en todas sus líneas, y la combinación de alternativas ofensivas que podrían ofrecer era simplemente inigualable. Conocida es la calidad de la zurda del capitán Ferenc Puskas. Su disparo era demoledor, además de esa habilidad y oportunismo para siempre procurarse posiciones aptas para él.

Puskas fue uno de los que buscaron fortuna fuera de su país y dio el salto del Honved al Real Madrid donde jugó hasta los 38 años y ganó 3 de las 6 Copas de Europa de aquella etapa dorada.

Kocsis pasa por ser reconocido por generaciones como uno de les mejores cabeceadores de la historia. Al igual que Puskas fue de los que aprovechó una gira del Honved por Europa para abandonar su país ante los sucesos de 1956 en Budapest. Un año después estaba jugando con el FC Barcelona, donde estuvo casi 7 temporadas.

Czibor combinaba gol, visión, regate y el oportunismo de estar presente en la grandes citas. Después de 1956 recaló en Roma, y luego acompañó durante 3 temporadas a Kocsis en el Barcelona.

Y además de otros jugadores de gran nivel como el propio portero Grosic, Zakarias, o el tremendo centrocampista Boszic, no puedo dejar de destacar a otro delantero menos conocido porque fue de los que se mantuvo en Hungría toda su carrera deportiva. Su nombre era Hidegkuti, y era el teórico delantero centro. Su calidad se basaba en confundir a los defensores de la época al salir a posiciones más retrasadas para ser el lanzador o el que abría los espacios al arsenal magiar del momento.

En aquella época el dibujo tipo de todos los equipos era la famosa WM. Es decir, 3 defensores, 2 volantes, 2 lanzadores ofensivos y 3 tres delanteros. Hungría impone la doble M. Es decir, un delantero salía hacía atrás para permitir más posibilidades de movimiento, más espacios arriba y capacidad de sorpresa para todo lo que llegara pisando área.

Aquella derrota en la final de Berna solo puede ser comparada con la de Holanda en 1974 también con los alemanes. Tulipanes y magiares atacaron la cima con una propuesta innovadora, estética y ofensiva. En ambos finales se puede coincidir en que Alemania no las ganó sino que fueron húngaros y holandeses los que las perdieron.

Otra comparativa podría ser con el campeonato anterior cuando Uruguay venció contra todos los pronósticos a los anfitriones en Río de Janeiro.

La derrota de Berna rompió años de imbatibilidad de la selección húngara. Entre 1948 y 1956 disputaron 52 partidos internacionales y solo perdieron la final de Berna. Entres esas victorias imposible no reseñar el asalto de la tierra sagrada de Wembley. Primera derrota de los ingleses como locales en una exhibición que acabó por 3 goles a 6. La orgullosa revancha celebrada poco después en Hungría fue todavía peor, set en blanco para Hungría, 6 a 0.

Aquel Mundial que desvelaba la Europa de la guerra en reconstrucción no fue sólo todo lo que rodeó a la final de Berna, el triunfo alemán y el fallido asalto a la gloria de los Maestros Húngaros. Sin ir más lejos, la última víctima de los húngaros fueron los uruguayos que defendían el título obtenido en Brasil en 1950.

Los charrúas mantenían en el equipo a buena parte de sus héroes de Maracaná. Por ahí andaban los Schiafino u Obdulio Varela. No estaba Gigghia que se había marchado al Calcio italiano en 1953. Uruguay hasta este Mundial contaba sus presencias en Copas del Mundo por victorias. Ausente de Italia 1934 y Francia 1938, había sido campeón en los otras dos citas disputadas hasta la fecha. En Uruguay en 1930 todos los encuentros fueron saldados con victorias. Y en 1950 cedió un empate a 2 ante España con doblete de Basora.

De vuelta a Suiza 1954 los charrúas se mantenían invictos hasta las semifinales ante Hungría. EN aquel encuentro lograron nivelar un 2 a 0 inicial para llegar a la prórroga y allí finalmente ceder por un 4 a 2 final y encajar su primera derrota. LA segunda derrota se produjo días después al ceder ante Austria por 3 tantos a 1 en la primera final de consolación de la historia de los mundiales.

El gran protagonista de aquella semifinal fue el delantero de Peñarol Juan Eduardo Hohberg, nacido en Córdoba (Argentina). Hohberg anotó los dos goles que nivelaron la semifinal antes de la prórroga. La anécdota sobrevino con la consecución del empate en el minuto 86. Después de la efusiva celebración de los compañeros descubrieron su cuerpo inerte sobre el suelo. El médico saltó al campo y cuentan que el corazón del delantero celeste se paró durante unos segundos. El médico solicitó coramina, muy utilizado en la época como tratamiento de choque  para infartos. El jugador se fue al banquillo durante unos minutos y todavía saltó al campo para disputar minutos de juego. En aquella época la ausencia de sustituciones daban lugar a este tipo de atrocidades. Este hombre, 16 años después disputó como técnico charrúa la semifinal de la Copa de Mundial de México frente a Brasil. Pero el asalto al trono de Alcides Gigghia sobrevoló aquel día en el Stade de la Pontaise de Lausana. Quizá era mucho pedir al destino para aquel día.

El otro finalista de la Copa Mundial precedente era Brasil. Aquel equipo venía con la revolución a cuestas buscando un nuevo estilo. El trauma de lo sucedido 4 años antes llegó hasta el punto de cambiar hasta el uniforme. El blanco tradicional de la selección fue culpado de mal fario, en la época se abrió un concurso nacional para proponer un diseño alternativo. La única condición es que la camiseta debía contener los 4 colores de la bandera nacional.

El ganador del concurso, Aldyr García Schlee, presentó un boceto donde un jugador vestía con camiseta amarilla, símbolo de las riquezas auríferas del país y bandas verdes, representando a la selva amazónica. En definitiva ahí nació la mítica verde-amarela de la actualidad, y se enterró al blanco para siempre.

Lo más significativo de la selección carioca en este campeonato además de la nueva indumentaria fue el cuarto de final disputado contra Hungría. Perdieron 4 goles a 2 y aquel partido se recuerda como uno de los más violentos de la historia de los mundiales. Hay imágenes de jugadores agrediéndose en el campo, especialmente al final del encuentro, y se pueden leer relatos de lo que pasó en el vestuario húngaro después del encuentro. Las luces se apagaron, y empezaron a caer tortas por todos los lados. Brasil cuando brilla lo hace como nadie, pero cuando pierde…

Otros casi héroes de aquella cita suiza fueron los austriacos Theodore Wagner, Eric Probs y el cañonero Stojaspal. Entonces los centroeuropeos lucían un ataque de gran poder, y eso les llevó a la tercera posición del campeonato. La mejor de su historia. Su techo se lo puso Alemania que evidenció las carencias de sus vecinos a la hora de defender el marco.

El primer Mundial en Europa después de la II Guerra Mundial fue un acontecimiento que marcó la frontera entre el fútbol amateur y el profesionalismo. Límite con el nacimiento de las grandes competiciones de clubes a nivel continental. El talento se repartía para reconstruir un mundo que unos cuantos fanáticos se empeñaron en escombrarlo para luego tener que reconstruirlo. La gran paradoja fue la victoria de Alemania. El actor principal de la barbarie mostraba en el deporte los verdaderos valores que marcan a sus ciudadanos y a los del resto de naciones. Si peleas, si persigues tus deseos, si te apoyas en tus compañeros de equipo para conseguirlo llegarás tan lejos como te propongas. En ocasiones atropellarás la razón y tendrás que sortear muros tan como la maravillosa Hungría de aquel momento. Pero si persistes. Si no te rindes, ya has ganado. Los padres del fútbol germano marcaron el camino de su historia en el fútbol.

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