Casi Héroes (XIV). La otra historia de los Mundiales de fútbol. Brasil 1950

El cuarto campeonato de mundo se jugaba por segunda vez en el continente americano. Después de la edición inicial en Uruguay en 1930, los campeonatos en Italia y Francia en el 34 y en el 38 el Mundial de Futbol estuvo 12 años sin celebrarse debido a la II Guerra Mundial.

Los años de brutal contienda de 1939 al 1945, la devastación de buena parte del continente europeo y las cicatrices transoceánicas que se debían suturar después de la batalla no dejó al mundo preparado para regresar al comienzo de la normalidad hasta años después. Los JJ.OO. regresaron en 1948 en Londres, y el campeonato del Mundo en 1950 en Brasil.

La elección buscaba un país emergente, lejos de los horrores de la guerra. Pocos países podían asumir el acontecimiento, y las única candidaturas de Brasil y Suiza dejaron la concesión de la organización del evento a ambos de modo sucesivo.

Brasil en aquel momento no era un país que hubiera destacado internacionalmente en la práctica del fútbol, pero el germen de calidad se venía consolidando desde que se concedió el gran torneo al país carioca. Ese Mundial se convirtió en una cuestión nacional. El país entero se preparó para ganar, quizá antes que jugar. La “torcida” brasilera se presentó al mundo y asombró a buena parte de sus participantes por su ruido, su música, su empuje, su fe…

Brasil quería reivindicar la grandeza de su país ganando, y para ello en menos de 2 años construyeron el estadio más grande del mundo. En aquel tiempo los estadios mundiales más grandes podrían albergar 15.000, 20.000 espectadores. Maracaná fue concebido para juntar a 150.000 personas. Dicen que el día de la final hubo 200.000 personas presenciándolo. Otras crónicas hablan incluso de más. En aquellos tiempos por supuesto que no había TV. Los testigos de lo que allí ocurrió se circunscriben a los que estuvieron. Ni uno más.

Brasil había preparado su Mundial a conciencia. Vestidos de inmaculado blanco el país entero vibraba con la superioridad con la que se manejaban. Eran los favoritos, o peor, los seguros vencedores. Cartelería con la victoria, incluso un periódico ya había publicado la buena nueva antes de que ni siquiera se jugase la gran final. De fondo el festivo carnaval rugía. Los jugadores se habían convertido en figuras de la sociedad de la época, y buena parte de los futbolistas tenían ofertas profesionales y políticas para después del campeonato.

Por eso y por unas pocas cosas más la derrota apagó el carnaval. El país se sumió en la tristeza. Sólo hay una cosa peor que perder, y esa es no ganar cuando todos piensan que no hay otra posibilidad. Seguramente por la exaltación de esa vanidad la decepción fue mayor. Algunos jugadores después de la derrota reprocharon el discurso que el alcalde de Río realizó antes de la final, en pocas palabras vino a decir que ellos habían puesto todo de su parte para ganar construyendo el gran Maracaná, y que ahora les tocaba a los jugadores cumplir.

Aquella selección brasileña tenía un puñado de jugadores que rozaron la eternidad. El país se preparó para encumbrar la habilidad y la calidad de Zizinho. Centrocampista que ocupaba la parte derecha del campo y con gran presencia en el ataque, los cronistas comparan a este jugador con Pelé. Fue nombrado el décimo mejor jugador americano del S.XX, y aunque militó en varios equipos Flamengo lo considera uno de sus dioses. Otro aspirante a la gloria fue el goleador de Vasco de Gama Ademir. Anotó 8 goles en la competición, y ningún jugador brasileño en la historia fue capaz de superar su marca. Sólo Ronaldo Nazario pudo igualarla en Japón-Corea 2002.

Chico y Jair fueron otro jugadores destacados de aquel equipo. El primero, de ascendencia española, anotó 4 goles en aquel campeonato, y Jair que jugó en Vasco de Gama, Santos, Flamengo y Palmeiras fue uno de los jugadores más importantes de Brasil en la década de los 40. Había más jugadores destacados como Baltazar que fue de los pocos de este equipo que comparecieron 4 años después en el Mundial de Suiza. También destacaban los defensores Juvenal o el fogoso Bigode. Este último cubría el lateral izquierdo carioca y es el jugador que persiguió sin suerte al extremo charrúa Ghiggia tanto en el primer gol que logró pasar a Schiafino, como en el definitivo 2 a 1 que dio el título y la gloria a su equipo al encontrar puerta en el descuidado primer palo del meta Barbosa.

Todos ellos son los Casi Héroes de todo un país. Tres años trabajando una victoria para jugárselo todo en los últimos 45 minutos tras el empate a cero del primer periodo. Por contextualizar lo puramente futbolístico a Brasil le valía el empate para salir campeón. El empate al descanso ya creo un clima de temor dentro de la general algarabía de las gradas. Y las cosas parecían que se ponían de dulce cuando Friaça anotó el gol brasileño en el minuto 47 y se subía de pleno derecho al tren de la eternidad.

Entonces los uruguayos fueron más equipo que nunca. Su capitán Obdulio Vrela ejerció la comandancia al nivel de los grandes líderes de la historia. Para empezar cuentan que tras el gol encajado pasó algunos minutos con el balón debajo del brazo protestando a linieres y árbitros la legalidad. Ahora, la leyenda relata como su propósito estaba en enfriar el partido. Esa interrupción templó el calor de las gradas y y de ese modo quería frenar el efecto oleada de un equipo que tomaba ventaja y encontraba a 200.000 almas entregadas a la causa.

Uruguay bandeó esos minutos y apareció la casta. El todo o nada. La verticalidad de Ghiggia, un pase a atrás y balón al ángulo superior del ídolo Schiafino. Minuto 65 y la tragedia se fraguaba en las gradas. El fútbol tiene este tipo de lances. Pasas de la euforia al canguelo en unos pocos segundos. Y aquel gol que aún daba el campeonato a Brasil hizo enmudecer al campo y el miedo producido por el exceso de responsabilidad puso a los americanos contra las cuerdas.

Uruguay intensificó su desesperado ataque y Gigghia se convirtió en la pesadilla del duro Bigode. Una nueva escapada, y en esta ocasión en lugar de centrar buscando rematador largó un tiro seco al primer palo que Barbosa llegó tarde. Diez minutos para el final y el país entero bajó las manos. Con aquel gol, la cara del guardameta brasileño ya delataba la nula capacidad de reacción. La tragedia se cernía de modo irrmediable.

Al hilo de este gol surgió el único nombre que el aficionado brasileño medio recuerda años después de aquel desastre nacional. El nombre ya podrán ustedes imaginar que es el del “goleiro” Barbosa. El hombre que hizo llorar a un país, tal y como comentaba él en una entrevista que se refirió una señora que se encontró en un supermercado años después para presentárselo a su hijo.

Barbosa fue un guardameta de gran nivel en su época. Innovador, dominaba el juego aéreo y era famoso por su particular modo de sacar. Un portero de élite que defendió durante años la portería de Vasco de Gama.

El gran escritor uruguayo y futbolero de tronío Eduardo Galeano dice sobre su figura que el público de fútbol suele ser muy compasivo. Disculpa los errores con facilidad, incluso dentro del mismo partido. Pero que esta comprensión ante el error no afecta a los porteros. El error del arquero se recuerda durante años.

Y en el caso de Barbosa aquel gol que ni siquiera fue un error le persiguió toda su vida. No porque para el resto del mundo siempre será el hombre que encajó aquel mítico derechazo de Alcides Gigghia. La cosa era mucho peor. Era porque él se sentía culpable.

En una entrevista el guardameta explica la jugada de la siguiente manera. Gigghia lo hizo mal y le salió bien, y lo completaba con que a él le pasó exactamente lo contrario. Lo explico, lo normal es que el extremo celeste hubiera replicado la jugada del gol anterior y buscara un pase cruzado a un delantero que estuviera más centrado. Él quiso anticipar esa acción y se vio sorprendido por el tiro al palo corto, que normalmente debe ser el más fácil de atajar para el portero.

Sea como fuere, el gol entró, Uruguay subió al Olimpo de los campeones y Moacir Barbosa purgó ese gol durante toda su vida. El ex guardameta de Vasco cuando se retiró le empelaron en el cuidado de las instalaciones de Maracaná. En concreto de las piscinas. Allí vivía feliz excepto cuando aparecía la prensa para preguntarle por sus fantasmas. Precisamente allí estaba cuando se decidió cambiar las porterías del estadio. Y la “portería de Barbosa”, tal y como fue bautizada tras la tragedia fue retirada. El ex futbolista solicitó los travesaños para él, y en una especie de exorcismo de sus culpas las quemó para comprobar que la culpa no terminaba de marcharse.

Aquel Mundial tuvo otros Casi Héroes ya fuera de lo ocurrido en el estadio de Maracaná aquel 16 de julio de 1950.

Por orden de derrotados empiezo hablando de Suecia y su tercera plaza. Aquel equipo sueco marcó el camino del fútbol del país escandinavo. Su gran éxito lo fundamentó en la victoria a los campeones del mundo Italia por 3 goles a 2. Empató a 2 con Paraguay. Con estos resultados pasó a la fase final de los 4 mejores, y allí sólo pudo con España. Los jugadores que vagan por la historia doméstica de los nórdicos fueron los goleadores Palmer, Sundqvist y Jeppner. A un paso de la gloria lo curioso de los tres casos es que la victoria contra Italia en la primera fase les supuso un contrato profesional en el país transalpino en los tres casos. Sundqvist abandonó el Norrkoping para marcharse tres años al AS Roma. Palmer saltó del Malmoe al histórico Legnano, luego pasó por la Juventus antes de regresar a su país. Y Jeppner abandonó el Djurgardens para tras pasar por el Charlton Athletic  jugar en el Atalanta, Napoli y Torino.

Y cierro con el repaso de los Casi Héroes de este Mundial hablando de la selección española. Este Mundial, hasta el éxito en Sudáfrica en 2010 aparecía en lo alto del podio de las participaciones hispanas en los Mundiales de Fútbol. Cuartos en un Mundial con los hitos de meterse en la fase final de los 4 mejores, de derrotar a Inglaterra en la fase previa, y en ser la primera selección que no perdía con Uruguay en una fase final mundial. Hasta entonces Uruguay ganó todo lo que jugó.

Los héroes domésticos de la época los encarnaron el delantero vizcaíno Telmo Zarra, y los jugadores del Barcelona Basora y Ramallets.

Zarra encarnó el top de la iconografía franquista del momento al anotar el gol de la victoria por 1 a 0 frente a Inglaterra. Los documentales cinematográficos del momento eran la vanguardia de la comunicación audiovisual del momento. EL caso es que España necesitaba un empate para llgar a las semifinales y se impuso a la icónica Inglaterra. Un pase colgado al área por Alonso lo tocó Piru Gaínza de cabeza y Zarra fusiló a placer al meta Williams. Por allí la propaganda política aupó ese gol a los cielos y la furia roja tuvo su día de gloria.

Basora fue un extremo derecho de Barcelona de gran trayectoria. Los dos goles que valieron el empate con Uruguay fue su momento de gloria Mundial. E imposible olvidar las grandes actuaciones del meta blaugrana Antonio Ramallets.

Como fuera España en la fase final logró aquel empate con Uruguay y poco más. El último encuentro cedió ante Suecia, y Brasil pasó por encima del cuadro hispano cuando todo indicaba que los cariocas cumplían su penúltimo etapa antes de la gloria.

Esa gloria se les resbaló entre los dedos. Aquel 16 de julio de 1950 Brasil vivió una tragedia que trascendió el orden deportivo. Cuenta el dramaturgo brasileño Nelson Rodrigues que todos los pueblos han sufrido su Hiroshima particular. Un fenómeno devastador que obliga a empezar de cero. Después de aquello los brasileños se empeñaron en borrar la huella de la tragedia, y en cierto modo dejaron buena parte del asunto colgado de la percha del mal fario. Por cambiar hasta modificaron los colores del equipo nacional. Brasil abandonó el pestoso blanco e iniciaron un concurso de propuestas que terminó con la preciada verde-amarela de la actualidad. Con la nueva indumentaria amarilla y verde con los pantalones azules y medias blancas, los brasileños incluían todos los colores de la bandera nacional y daban un paso al frente en su historia. Punto de inflexión entre la necesidad de ganar al gusto por jugar para ganar.

Brasil hasta ese momento no era nadie en el fútbol y tuvo que sobrevenir la enorme decepción para cambiar todo y emerger con la fuerza que le dio el incuestionable liderazgo mundial. Ocho años después lograron resarcir su peor derrota con estilo propio y con un sentido de la estética que perdura hasta nuestros días. Aquel día nació el fútbol brasileño.

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