Narcos 2. Más plomo que plata

Hace algo más de un mes, una de las segundas temporadas más esperadas del otoño, llegó a las pantallas españolas con el anuncio de que habrá tercera y cuarta entrega. La esperada segunda parte prometía el desenlace final del narcotraficante más conocido de la historia, Pablo Escobar.

El marketing de Netflix invadió las redes sociales ante el rutilante estreno. La frase escogida por la productora era la ingeniosa “Amor a primer streaming”. En cuánto me topé con  el ingenioso mensaje rápidamente identifiqué que, al menos en mi caso, habían dado en la diana. Eso fue precisamente lo que experimenté hace aproximadamente un año, cuando la serie que relata la vida de Pablo Escobar, se convirtió en una de las banderas de Netflix en su desembarco en España con la primera entrega.

Entonces he de confesar que tardé un par de minutos en valorar esa sensación muy particular, y nada frecuente, en la cual alguien que habita en lo más profundo de uno alza su voz para dejar bien claro que eso me iba a gustar. Que me interesaba profundamente el tema, el modo de contarlo, el enfoque, el ritmo, la voz en off del agente Murphy… Un retrato de los 80 real y verdadero, sin las pretendidas incrustaciones de otras producciones supuestamente más orientadas a retratar una época que va más allá de los goonies o stephen king, por poner un par de ejemplos.

La primera temporada simplemente me atrapó. Me quedé colgado y a la espera de más capítulos. Cuando llegó el momento del estreno de la segunda temporada advertí cierto temor. Imposible estar a la altura de la primera. Con la desaparición del factor sorpresa, uno ha de refugiarse en otro tipo de valores para mantener el interés. Superarlo era imposible, el reto era estar a la altura. Y después de completar los capítulos de la segunda entrega confieso que el objetivo está cumplido.

La diferencia más notable de ambas  digamos que es una cuestión de foco. La primera temporada los capítulos trepidan desde la forja del personaje a la sucesión de sus actos. De cómo un hombre del pueblo se crea a sí mismo para prosperar, para descubrir un negocio desconocido, para aspirar a gobierno, al control de la guerrilla, a desafiar a los Estados Unidos,… No hay límites.

En definitiva un devenir sin techo del que se creía amo de Colombia. La segunda temporada mueve la cámara haca el foco de su cacería. Después de la fuga de La catedral, la cárcel que él mismo construyó para penar sus cuentas con la justicia y alejarse de la posibilidad de acabar en una cárcel estadounidense. Escobar deriva su vida hacía la pura huida, perdiendo el poder del que no puede hacer valer el factor de su presencia y viendo como su otrora fieles seguidores caían bajo las balas enemigas o simplemente bajo la sombra y la praxis de la traición.

La Cía, la Dea, Los Pepes, el cartel de Cali y el Gobierno colombiano acorralan a la bestia que desde la sombra va lanzando las peores dentelladas. Esas que son hijas de la venganza, la locura y el callejón sin salida.

La segunda temporada concluye del mismo modo que indica la historia. No creo que perpetre ningún spoilier al asegurar que Escobar cayó bajo el fuego policial en un tejado de su ciudad natal Medellín en 1993.

En las últimas semanas se ha escuchado alguna queja al respecto. Alguna voz protestaba porque le habían destripado el triste final del ilustre narco. Pero vamos eso es cómo ver una película de la II Guerra Mundial y que alguien se queje porque se advierta en los tráiler la derrota de los nazis.

El éxito de la segunda entrega deja abiertas las puertas para la tercera y cuarta temporada. Material en la Colombia de los 90 no les va a faltar. Saltarán a Calí, al hueco dejado por Escobar y aprovechado por todos los que quedaron por allí. Seguramente la explicación de lo que  se cuente tenga su origen en la superlativa manga ancha de todas las fuerzas que se unieron para acabar con Escobar. Cali, los Pepes, CIA y DEA camparon por sus respetos bajo la anuencia del gobierno de la época. Unidos por la causa común cedieron un espacio que luego  que luego se ha recuperado vagamente.

Más allá de cuestiones de inteligencia militar y de soberanía nacional en su relación con CIA y DEA que es siempre muy complicado de dirimir y que por supùesto no tengo ningún dato que lo asegure. Eso sí, dejo el cajón de las sospechas abierto de par en par. No es que sea ningún genio de velas negras y tarot, es que han pasado dos décadas desde aquello y el tiempo tiene algún inconveniente, pero siempre te ofrece la ventaja de la perspectiva de lo que ha pasado por allí desde entonces.

En lo material, la gran fortuna de Escobar se repartió entre enemigos y gobernantes. Desde sus propiedades a los laboratorios donde cocinaban la preciada coca. Su familia emigró del país, su esposa tuvo que negociar con los asesinos de su marido la entrega del imperio, y hasta sus hijos cambiaron de nombre para literalmente desaparecer y salvar el pellejo.

Con el tiempo su hijo se ha convertido en una personalidad literaria. Sebastián Marroquín. De hecho ha multiplicado su presencia en medios al hilo de la serie Narcos. Y la verdad que su palabra siempre interesante más que nada por el contraste con la información que brota de las dos temporadas de la serie de Netflix que cuenta la vida de su padre me deja un tanto confuso.

Más allá de desvelar los errores de guion. Desde el gazapo sobre su afición futbolera por el Atlético Nacional cuando en realidad era reconocido hincha del Independiente de Medellín. O el afán por limpiar la imagen de su tío materno Carlos Henao, del que asegura que era alguien honesto sin nada que ver con el negocio de su padre. Los papeles de algunos de sus más ilustres lugartenientes como La Quica, León o Limón, también quedan en entredicho. O cuestiones más próximas al desarrollo de acontecimientos, como la pelea con Cali por el mercado en EE.UU, el origen de la creación de Lo Pepes (Perseguidos por Escobar), el papel de la madre de Escobar que en la serie se mantiene fiel a su hijo hasta el final y en la vida real parece ser que no tanto.

Hay más matices que entran en discusión. Pero más allá del ajuste exacto entre realidad y ficción. Normalmente en entredicho cuando se aborda una obra de carácter biográfico.

No es discutible la originalidad del tratamiento, la calidad de rodaje e interpretaciones sirve para presentar al mundo un personaje tan popular y en el fondo tan desconocido.

Marroquín aporta una serie de datos interesantes que terminan de redondear el personaje desde la referencia que presenta Narcos. Pero deja entrever un cierto rencor hacia los creadores de la serie. Parece ser que no les interesó la ayuda del propio hijo para terminar de cuadrar la historia y el humo de fondo me temo que tiene que ver con cierto despecho. De alguna manera critica los valores que transmite la serie, y lo que a su juicio transmite es un mensaje de filiación hacia las nuevas generaciones. Su opinión es ciertamente discutible.´

La primera temporada nos presenta un personaje que comienza abriéndose camino hacia un mundo nuevo bajo la luz del Robin Hood de Medellín. Su ascenso y ese concepto un tanto populista de la generosidad a puertas abiertas con la ventaja del que literalmente entierra el dinero en bidones porque no tiene donde dejarlo puede que resulte atractivo para cierto público. Entonces Pablo, El Patrón, en Colombia era alguien querido, admirado y respetado. El asesinato del ministro de justicia Lara Bonilla en 1984 fue el punto de inflexión en la percepción popular. La ambición le cegó, y la fiebre del poder le inoculó una percepción del mundo donde los límites se lo ponía él mismo. Estamos ante la receta magnífica para el desastre. Desde entonces todos fueron problemas e inconvenientes que solucionaba a base de plomo en una escalada sin fin que lo único que conseguía era hacer crecer el problema. Al final, sólo, rodeado, sin casi gente en la que confiar, cazado como una fiera.

Es decir, la figura de la referencia para las nuevas generaciones queda en entredicho a no ser que tenas un montón de serrín donde debiera haber un mínimo de entendederas.

Uno es partidario de toda la vida de que la historia está para contarla. Y que el ser humano sólo tiene una oportunidad de no repetirla, y esa está bajo el paragüas del conocimiento.

Historia de plomo y plata. Al final el Patrón se quedó con el plomo y sus enemigos se repartieron la plata. Ese es modelo para el que lo quiera.

En cualquier caso lo interesante es como la belleza que no reside en ninguna parte más que en los ojos del que la contempla. La subjetividad no se puede abolir. Afortunadamente.

Anuncios

Un comentario en “Narcos 2. Más plomo que plata

  1. Un análisis ES-TU-PEN-DO.
    Como habrás visto en mi humilde reseña, me enganchó en la primera y devoré la segunda. Poco puedo decir al respecto.
    Lo que sí diré, y con gusto, es que tu prosa crítica me resulta estupenda, con esa perla sarcástica del spoiler o la referencia a la no abolición de la subjetividad. Muy bien escrita 🙂

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s