Trump y el divorcio de la opinión pública y la publicada

Vaya temporada llevamos con los gurús de las mediciones de opinión. Es poner a un colectivo ante la disyuntiva de tener que votar lo que sea, para que aparezcan los concienzudos encuestadores de las grandes empresas que deben vaticinar el inmediato resultado para que no den ni una.

Y hablo de las encuestas, de los encuestadores, de los fabulosos líderes de opinión que desembarcan en todo tipo de tertulias para hablar durante meses de los previsibles resultados, y luego va, la gente vota, y ni flores. Vamos que meses sentando cátedra sobre el inmediato futuro que nos toca para que el presente les salte por los aires todos los juicios de valor que podríamos catalogar de Marxistas. No de Carlos, más bien de Groucho. Cuando aseveraba con su irónica solemnidad aquello de que tenía unos valores, y que si a su interlocutor no le gustaba pues tenía otros.

El último batacazo nos viene de los Estados Unidos. Meses de encuestas que daban la victoria a Hillary Clinton para que venga el señor Trump y se lleve una victoria holgada. La noche electoral no dejó ni el más mínimo resquicio a la emoción. Los primeros resultados iban marcando el despegue del histriónico líder republicano, y mientras analistas de medio mundo conjeturaban sobre la aparición del voto del demócrata encallado por la ardua contabilidad de las papeletas de las grandes ciudades, y pendientes del resultado de media docena de estados claves, el caso es que la realidad arrasaba las miles de conjeturas.

¿Qué pasa con las encuestas, con los encuestadores, y más importante con los encuestados? Qué ocurre con los medios de opinión que basta que insistan a marcar una pauta aunque en este caso la diatriba se basara entre lo malo conocido y lo previsiblemente peor. Para que el personal no les haga ni puñetero caso. En realidad perdedores que saben que no dan una, o desmemoriados mentirosos que se caen en sus propias argucias. Por supuesto alguna ilustre excepción, como por ejemplo el caso del cineasta y pepito grillo norteamericano Michael Moore que si adelantó hace meses lo que ocurriría en EE.UU.

No es Trump sólo. Es el Brexit, la emergencia española, la resolución del conflicto colombiano, Italia, Grecia, Portugal,… Vaticinios errados, tertulianos por todos lados con cara de sorpresa. Alguno se impone la medalla de turno por un comentario con boca pequeña 2 meses atrás en cualquier mesa de ilustres colegas.

Y yo desde la calle que pienso. Pues lo primero que se me ocurre es que la opinión publicada nunca estuvo tan lejos de la opinión pública. Que todos los esfuerzos por mantener el mono-pensamiento del mundo neoliberal que se nos plantea desde décadas atrás se tambalea. Que alguien no está entendiendo algo. Que la gente prefiere la incertidumbre de la esperanza que más de lo mismo. Que el planteamiento de lo bueno como lo único sólo funciona para el que le va bien. Que los mensajes han encontrado nuevas autopistas de la información por las que no transitan las corbatas de siempre.

No me gusta Trump, incluso me asusta la influencia que pueda tener en la política exterior, que es donde la Casa Blanca tiene verdadero poder. Las competencias particulares de los diferentes estados pueden estancar algunas de las ocurrencias televisivas de un personaje que es capaz de aunar un discurso proteccionista dentro de la miscelánea de nacionalidades de la propia naturaleza norteamericana con su matrimonio con una mujer nacida en Eslovenia. Que manda huevos. Y por otro lado desde mi país como que me importa relativamente lo que ocurran en el estado de Arkansas por poner un ejemplo.

El Brexit lo percibo como un paso atrás para una Europa que en el presente inmediato debe decidir si sigue adelante o diluye su praxis como un azucarillo. Veremos qué pasa en las próximas elecciones alemanas, o quizá más importante, Francia.

En Europa no me gustaría que los oportunistas nacionalismos populistas aprovechen el desconcierto de ideas, el islamismo, la crisis de refugiados y las apreturas de los ciudadanos para levantar muros y bulos bajo el viejo esquema de apuntar lo que es cierto que está mal y girar hacia la locura cómo única solución.

LA ausencia de líderes deja el camino libre a grises funcionarios de lo de siempre y ocurrentes oportunistas. La muestra está en todos aquellos que los que presumen de ser escuchados, vistos o leídos apuntan hacia una dirección diferentes de sus oyentes, televidentes o lectores. O eso, o les escuchan, ven y leen poco. La opinión se masca en la calle o en la virtualidad de las redes sociales. Y en general el personal no se entera de nada.  O sí, que el falso anonimato de las redes sociales y el voto de cada cual da mucho valor. Quizá el que falte para reconocerlo en público.

El caso español se queda a medio camino de casi todo. Como es costumbre. La gente cede ante lo de siempre pero no del todo.  Al revés que en EE.UU. que el voto oculto estaba en la novedad de Trump, aquí el personal lo que le apetece esconder es que sigue votando a lo de siempre. Les avergüenza reconocer que prefieren lo malo conocido. Las emergentes alternativas españolas (Podemos y Ciudadanos) abogan por la ruptura más evolucionista que revolucionaria. Casi de gusto con su constructivismo con matices lejos de la opción americana y unas pocas europeas como los Le Pen, Farage, Salvini, Hofer o por ejemplo Wilders.

En cualquier caso, una sugerencia para magnates, mangantes, comunicólogos, periodistas con corbata y otras tribunas ilustres. Hagan el favor de salir de su urbanización. Dejen de mirar los gráficos y datos globales sobre empleo, sueldos, cotizaciones de bolsa, prima de riesgo y otros datos macros.

Cuando estén fuera, pregunten sobre la calidad de los empleos y sus sueldos. Interroguen sobre las facilidades para adquirir créditos. Y hagan el ejercicio individual de ver para cuanto cunde en España vivir con 700 u 800 euros. Si me apuran hasta los emblemáticos 1000. Un ejercicio serio de una balanza de pagos individual les ofrecerá que la “privilegiada” clase media que tiene acceso a esos importes en realidad vive justita. Más o menos apretados pero al límite de casi todo. Si coges un pelín de aire te viene un seguro tonto, o una revisión del coche que ya no da más de sí, ya si se te rompe la caldera lo mismo tienes que pedir un adelanto de sueldo para simplemente calentar tu casa.

Si no quieren salir a la calle lo mismo es suficiente escuchando lo que dicen los jóvenes que mendigan un reportaje, una infografía, o simplemente una silla en la última mesa de sus redacciones cortando y pegando teletipos por un puñado de euros.

Eso o sigan elucubrando sobre la última encuesta que ustedes mismos publiquen. Viajen por platós, estudios o redacciones pontificando sobre la tendencia del momento. Dentro de tres meses hagan lo mismo. Y cuando toque votar sigan montados en el burro del  “ya lo dije”. Pero vamos que la opinión que ustedes apuntan les sirve para los que ya opinaban eso antes. Y su información se debate entre los que no la creen o los que en realidad les da lo mismo.

En definitiva, sigan sin enterarse de nada que su trabajo lamentablemente ya lo están haciendo otros. O peor, quizá nadie.

Posdata: Uno recuerda casi con nostalgia cuando los medios de comunicación servían para algo.

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Un comentario en “Trump y el divorcio de la opinión pública y la publicada

  1. Si es que una cosa está clara: El de encuestador y analista de encuestas son los trabajos del futuro, visto el gran poder vaticinador que están demostrando.
    Me quedo con tu poderosa frase de “la opinión publicada nunca estuvo tan lejos de la opinión pública”, por cierto. Enorme.

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