Fidel está vivo

Vivimos en un mundo extraño. Nos pasamos 60 años queriendo matar a Fidel Castro o directamente dándole por muerto y cuando parece que definitivamente fallece a la edad de 90 años algunas voces ilustres de la política internacional dudan sobre la veracidad de la noticia.

Entiéndame la ironía. Como si esa edad quisiera apartarse del mundanal ruido para disfrutar su fortuna en algún paraíso caribeño, fuera del alcance de mercenarios y manejadores de la política internacional. ¿Alguien ha reparado que así lleva así 60 años? Mejor dejarlo porque este planteamiento tan sesudo no da más que para un párrafo de ironía que esconde la sarcástica carcajada.

Regreso a lo que quiero contar. A Castro la primera vez que se le dio por muerto fue en 1957 en plena revuelta en Sierra Maestra. Entonces el dictador Fulgencio Batista hizo filtrar la idea de que el revolucionario cubano, que por entonces despertaba cierta simpatía en revistas y periódicos de medio mundo -incluido los Estados Unidos-,  con la intención de bajar la temperatura de los vientos de rebelión que recorrían la isla.

La revuelta dicho sea de paso iniciada por 4 gatos vestidos de verde oliva que inventaban en sus comunicaciones ante la prensa internacional infiltrada en Sierra Maestra movimientos de escuadrones y patrullas para que  las crónicas periodísticas multiplicaran el número de “barbudos” vestidos de verde.  Todo esto queda desvelado por Anthony di Palma en un libro que cuenta el pulso real de lo que allí ocurrió hace casi 60 años.

Di Palma narra la importancia de la entrevista que se publicó en el New York Times por el entonces veterano periodista Henry Mathews. Con casi 60 años de la época, es decir casi un anciano, se plantó en La Habana con su esposa. Él marchó para la sierra y allí consiguió el testimonio que certificaba que seguía con vida, y que entre otras cosas negaba su intención de llevar la revolución hacia el comunismo. Todo la peripecia la consumó en apenas 24 horas.

Mucho más importante fue la incursión del español Enrique Meneses. Periodista de otro tiempo. Entonces enviado por la revista gala Paris Match permaneció durante 11 meses en la isla caribeña. Cuatro meses conviviendo con Fidel y Raúl Castro, con el Ché Guevara y con todos los guerrilleros a los que el mundo miraba con fascinación por atrincherarse en contra de un gobierno establecido. Las fotos que hizo llegar a Miami cosidas en las enaguas de una joven marcarían un hito en la historia, y posiblemente pueda considerarse como el momento periodista estelar de un español en el S.XX.

La publicación prematura del material antes de salir de la isla le conminó a las cárceles del dictador Batista. Finalmente le soltaron y jamás regresó a la isla.

Hace unos días ha salido a la luz la publicación póstuma de Meneses. En él se detalla el sentido real de la revolución, además del jugoso anecdotario del que vivió el embrión del momento histórico que trasladó la guerra fría al continente americano.

Fidel entonces se convirtió en el símbolo rebelde de medio mundo. Incluso la dictadura de Franco simpatizó con el que se atrevió a sacar los dientes al Águila Norteamérica. De hecho hasta el bloqueo comercial, militar y financiero sobre la isla a finales del año 60 a raíz de las nacionalizaciones emprendidas sobre propiedades norteamericanas en la isla la imagen despertaba ese halo de romanticismo del inconformista.

Y de paso la exacerbación del enfrenamiento contra el enemigo exterior le dio cierta placidez durante años para controlar los elementos contestatarios internos. No hay tener un enemigo común para pasar de largo sobre cuestiones domésticas. Luego el que se salía de madre se le aplicaba las medidas clásicas de cualquier régimen totalitario. Por supuesto que el éxodo progresivo de parte de la población en búsqueda de oportunidades fuera de Cuba también pudo aliviar esa sensación del ahogo de la desesperanza.

Mucho se ha hablado de la situación cubana y su relación con Estados Unidos antes de Fidel. Simplemente viendo El Padrino de Coppola ya se puede interpretar cómo la Mafia campaba a sus anchas en La Habana. Salas de fiesta, armas, prostitución, contrabando e inversiones de todo tipo. Llegados a este punto enfoco el sintomático evento que se celebró en los años 57 y 58. La elitista Formula 1 celebró dos grandes premios consecutivos en los que Juan Manuel Fangio y el británico Moss Stirling se llevaron la victoria. Sí, he dicho Formula 1 en Cuba. Hubo un gran premio más en 1960 que ganó Stirling de nuevo. Y seguramente en este hecho aislado radica el gran enfrentamiento ideológico en torno al castrismo. Habrá quien vea la mano de la mafia y el beneficio de los especuladores del momento para hacer dinero en un entorno mayoritario de pobreza. Y por otro lado los que veían a una Cuba integrada en el gran circo capitalista. Con dinero moviéndose para un lado y para el otro. Si pasas por encima lo legítimo del origen, eso siempre reporta ingresos al entorno. Es decir, entonces mucho más que ahora, más dinero para los mismos.

Yendo al mundo más ortodoxamente legal, que seguramente no justo, otro dato. Cuando  Castro nació en 1926 leo en un artículo firmado por Ángel Tomás González que “las inversiones de EEUU en Cuba superaban los 1.600 millones de dólares. Empresas y bancos estadounidenses controlaban el 80% de la producción de azúcar y tenían el monopolio de ferrocarriles, teléfonos y energía eléctrica”.

Cada cual que saque las conclusiones que considere.

Algunas de estas observaciones y muchas más es lo aparece en el legado de los periodistas Meneses, Mattews y Di Palma, desde la perspectiva del testigo directo del momento y las reacciones del entorno.

La obra de los dos primeros sirvió para mantener vivo al comandante Castro. Y además para despertar la simpatía del mundo libre de la época. Luego después llegaron más de 600 planes para eliminarlo de los cuales apenas un centenar llegaron al plano práctico. Desde el propósito de envenenarlo a partir de la enésima “femme fatale” al más rústico cigarro bomba. Desde un bolígrafo con aguja hipodérmica casi invisibles hasta el reclutamiento de los más granado del “sicariato” internacional del momento. Mil locuras para acabar con un hombre que aparecen en el documental británico de 2006 producido por Channel 4 llamado “638 modos de matar a Castro”.

Muerto el hombre, nace el mito. Durante décadas el Che Guevara le ha apabullado en este sentido. Una muerte en combate y joven le izó al cielo iconográfico de la Revolución con mayúsculas. Dejando a Fidel con el papel más agrio del dirigente político.

Sobra decir que por aquí no pretendo contar lo que ha ocurrido en Cuba 60 años después. No se trata de glosar la historia de la represión de un régimen ahogado en sus propias limitaciones, con el gran enemigo a unas pocas de millas de distancia y que si no hubiera sido por el apoyo interesado de soviéticos, chinos y algún otro la historia hubiera terminado hace algunas décadas.

No trato de juzgar si estamos hablando de un dictador, un asesino, un genocida o un segador de voluntades y libertades. Tampoco se trata de subirle a los altares por su gestión evidentemente discutible.

Más allá de discusiones ideológicas hay algunos aspectos incuestionables. Si el S.XXI se inauguró con el ataque terrorista de AL Qaeda al Word Trade Center en Septiembre de 2001, posiblemente el S.XX lo cierra la muerte de Castro en noviembre de 2016.

Y en segundo lugar y por último la historia pasa su paño sobre la actualidad. A los políticos se les recuerda muchas veces más por lo que significaron que por lo que hicieron. De hecho su campo de juego no se limitó a la gestión de gobierno de una isla en el Caribe. Explotó el valor geográfico de su hogar para influir y liderar en todo el mundo. Desde su emblemático papel en todo el proceso de Mandela  y el Apartheid, a su liderazgo en América Latina como símbolo de la oposición de la colonización comercial y financiera del vecino rico del norte.

Por todo esto y por muchas más cosas el hombre ha muerto. El mito sigue vivo.

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