Series. Black Mirror, un futuro muy presente

Llevaba muchos meses, quizá algún año detrás de comenzar a ver la serie británica Black Mirror. Algunas referencias escritas interferían con el caprichoso ejercicio del boca a boca, y entre ambas me daban claves para zambullirme en el mundo del “espejo negro”.

Lo que leía se sumaba a lo que me contaban, y de algún modo aparecía la interferencia congénita que uno ha tenido hacia el consumo del genérico de Ciencia Ficción. Imposible a las alturas en las que nos encontramos  en la historia de permanecer al margen de todo esto pero siempre he acudido a lecturas y cine del género por accidente, por casualidad o por aquello del obligado cumplimiento. Nunca con pasión. Más bien me he ido tropezando con ello. Posiblemente, el ayuno del prejuicio me permitiera mantener un sentido más objetivo de cada obra. E, indudablemente algunas magnificas.

Black Mirror es una serie personalísima. Sin referencia parecida en el panorama. Ciencia ficción pasada por el tamiz de la crítica directa, corrosiva, punzante y reflexiva. En realidad plantea un futuro inmediato que te explota en las narices del presente. Cada capítulo con una trama diferente donde la revolución tecnológica y de la comunicación se fusiona con personajes muy reales. Los problemas eternos exacerbados por la fulgurante tecnología de nuestros días, que establece una lucha a brazo partido entre las cuestiones que nos soluciona la vida a golpe de un simple click y tanto nos complica en otros aspectos en las que quizá la velocidad del viaje en el que estamos inmersos aún no nos ha dado la pausa para valorarlo.

De eso va Black Mirror. Un mundo futuro tan presente. La libertad peleada durante tantos siglos perdida por los metatags, las cookies, el rastro que vamos dejando por donde pasemos con nuestro artefacto inteligente del momento y las múltiples herramientas que tenemos para ir registrando nuestra rabiosa actualidad que en unas horas será pasado. El futuro dictará si digno de recordar o de olvidar. ¿Quizá para esconder?

La primera temporada plantea tres capítulos con historias dispares, sin hilo conductor. Lo que si comparten es la afilada visión del cómo la tecnología y el mundo moderno interactúa con los sentimientos humanos de toda la vida. Y el foco gira hacia las complicaciones que nos crean la dictadura del artefacto que todo lo controla. La libertad pende del wifi de turno. La gran pregunta sería si el problema no es el wifi sino el uso que se hace de ello. Bueno esto es materia más difusa, quizá para un ensayo sobre la ética de la tecnología. O peor, posiblemente el acceso nos permite expresar lo que ya llevábamos dentro siglos atrás.

El capítulo inicial titulado El himno nacional es impactante y revelador. Además de convertirse en la tarjeta de presentación al mundo, sin duda marca el tono y el estilo de la serie. Durante el mítico episodio se cuenta como tras el secuestro de la princesa Sunanah, el primer ministro del Reino Unido es chantajeado. Los raptores la liberarán si el político accede a mantener relaciones sexuales con un cerdo ante las cámaras de televisión.

Inicialmente no se contempla si quiera tal exigencia. La publicación del contenido en las redes sociales dispara su difusión. Y mientras Scotland Yard fracasa en la liberación de la princesa por los métodos tradicionales del rescate. La bola de nieve de las redes sociales rueda y rueda hasta que el tamaño lo convierte en presión mediática. ¿Les suena? Abran su facebook, twiter, instagram, google+,… la que quieran.

Y no les cuento el desenlace del asunto, pero la reflexión que plantea el guionista Charlie Brooker es futuro y ya presente. La presión de medios y redes sociales en todo lo público. El juicio de unos pocos condicionando a toda la sociedad. Lo políticamente correcto comprime la libertad individual. O peor la estupidez manipulada se disfraza de noticia para crear opinión. El espejo público nos lamina nuestro propio pensamiento. Al final el secuestro de nuestra propia voluntad.

Por supuesto que todo esto no es ajeno al día a día. Y lo que las fuerzas exteriores te obligaron a hacer no justifica que tu mundo más íntimo se tambalee.

El segundo capítulo. Cambia de tercio. Plantea una sociedad futura esclavizada a una bicicleta. Todo lo que pedalees te da puntos para poder hacer cosas. El mundo del futuro plantea el poder de la imagen por todos lados. Las paredes son paneles de luz y sonido que te conectan con la oficialidad desde que canta el gallo por la mañana. Música, sexo y realitis banales de chorradas variadas que te llevan a la carcajada de la desgracia ajena tapando el espejo de tu propia realidad. La virtualidad abole los sentimientos y la única salida de la esclavitud es triunfar en una especie de Factor X con jueces del rancio estilo que podemos presumir en nuestro mundo.

Pues bien todos muy felices dándole vueltas a la noria de la rutina. Si no das la talla con la bicicleta aún puedes caer en el foso de la limpieza. Hay quién podría identificar la metáfora cruda y bestial de la actualidad.

El problema llega cuando aparecen los sentimientos. Cuando la ambición te lleva a saltarte la rutina establecida para intentar el Factor X. Cuando lo que te dan es mejor que lo tienes pero no lo que querías. Da igual que tu dignidad acabe por los suelos. Al final todo es una cuestión de precio. Toca tragar porque la alternativa de los principios no te deja escapatoria. Así de triste. Así de real.

Y en el tercer capítulo que cierra la maravillosa primera temporada se plantea un mundo en el cual todos podemos conectar de modo inmediato con nuestro pasado. Repasar conversaciones y circunstancias ocurridas hace días, semanas o años. La revisión constante de nuestro pasado es un juez implacable para nuestro presente. Rebobinamos y ahí lo tenemos. Adiós a las idealizaciones, al recuerdo siempre parcial, se esfuma la protección individual de pasar página en tu vida y quedarte con lo bueno. La mente humana secuestrada por la exactitud de la hiper-realidad.

Imaginen una pareja tambaleándose, una fiesta de amigos y un encuentro con un exnovio. Con una historia de tu pasado afectivo  a medio contar la gestualidad del encuentro con el ex, desata los celos de su pareja actual. La vuelta al pasado exhibe algunas mentiras y unas cuantas omisiones. Lo que siempre se había tratado como una aventura casual se convirtió en una relación de meses con ciertas pretensiones.

En definitiva más allá de juzgar lo afectivo, las omisiones, la traición o el engaño, lo relevante es que con este planteamiento olvídense de su libertad individual, del derecho que tiene cada cual para contar de su pasado lo que le apetezca. Cada una de las vidas puede ser íntegramente vista y juzgada por los demás. La exposición es constante.

Ahora piensen en las redes sociales del momento. Muchos la utilizan para retransmitir su vida. En ocasiones social, a veces también la familiar y muchos la personal. Ahora nos vamos 20 años adelante por ejemplo. Para algunos será grande recordar. Para otros no tendrá ningún valor. Pero habrá un grupo que no quiera saber nada de aquello. Y aquí lo dejo y que cada cual publique lo que quiera.

En definitiva, primera temporada asombrosa e inteligente. Eso sí, estoy en desacuerdo en dos cosas. El planteamiento del género cómo ciencia ficción y el nombre de la serie. Quizá, por la misma razón.

De ciencia ficción nada de nada. Quizá en una extensión de nuestro nuevo presente. Vamos que el futuro ya está por aquí vaya. Y por último Black Mirror tendría una traducción literal al castellano de espejo negro. Yo lo hubiera dejado en cristal oscuro. El espejo no te deja ver lo que hay detrás, y el cristal por muy ahumado que esté nos permite observar un mundo inmediato colonizado por la tecnología. ¿Tecnocracia?

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